La piel del rostro es un tejido vivo que se renueva de forma constante, pero su estructura de soporte no se regenera al mismo ritmo. A partir de los veinticinco años el cuerpo produce alrededor de un uno por ciento menos de colágeno cada año. Es una cifra pequeña que, acumulada durante dos décadas, explica por qué a los cuarenta y cinco la cara empieza a ceder.

El colágeno es la fibra que da firmeza. La elastina es la que permite que la piel recupere su sitio después de moverse. Cuando ambas se degradan, la piel sigue estirándose con cada gesto pero ya no vuelve del todo. A eso se suma la gravedad, que actúa sobre unos compartimentos de grasa cada vez peor sujetos, y sobre un hueso facial que también pierde volumen con la edad.

Estos tres frentes explican por qué la flacidez se comporta de forma distinta a las arrugas. Una arruga es una línea; el descolgamiento es un cambio de forma. Y por eso los productos tópicos, por buenos que sean, actúan solo en la capa más superficial y no llegan donde se decide el problema.

Para quien quiera entender qué ocurre en su caso concreto, esta guía sobre el descolgamiento facial repasa las causas, las zonas donde antes se nota y las opciones que realmente estimulan el tejido de sostén, desde la radiofrecuencia hasta el ultrasonido focalizado.

Un dato que suele sorprender: la prevención es más eficaz que cualquier tratamiento correctivo. Protección solar diaria, no fumar y mantener un peso estable protegen el colágeno más que la mayoría de cosméticos. Lo que se conserva a los treinta se agradece a los cincuenta.